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Fisioterapia en personas refugiadas

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¿Qué es la Fisioterapia en personas refugiadas?

La fisioterapia en personas refugiadas es una rama de la fisioterapia que se enfoca en proporcionar atención y tratamiento a personas que han sido desplazadas de sus países de origen debido a conflictos, persecuciones u otras situaciones que ponen en peligro sus vidas. Estas personas, conocidos como refugiados, a menudo experimentan una serie de desafíos físicos y mentales debido a las condiciones adversas en las que han vivido.

En general, la fisioterapia para personas refugiadas busca mejorar la calidad de vida, promover la recuperación física y emocional, y ayudar en el proceso de adaptación a un nuevo entorno después de haber experimentado situaciones difíciles en sus países de origen.

En esta entrada definiremos una serie de conceptos relacionados con las migraciones y los refugiados. Más adelante te mostraremos el papel que juega la fisioterapia en la vida de estas personas por medio de una historia en la que acompañaremos a una familia en su viaje hasta España.

Definiciones de la Organización Internacional para las Migraciones

La migración ha sido un fenómeno humano constante a lo largo de la historia, moldeando culturas, economías y sociedades en todo el mundo. Comprender las complejidades de la migración contemporánea es esencial para abordar adecuadamente sus desafíos y oportunidades. En este sentido, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) juega un papel fundamental, al proporcionar claridad conceptual y orientación sobre este tema tan relevante en la actualidad.

¿Qué es un migrante?

Migrante es un término genérico no definido en el derecho internacional que, por uso común, designa a toda persona que se traslada fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un país o a través de una frontera internacional, de manera temporal o permanente, y por diversas razones. 

¿Qué es una persona desplazada?

Una persona desplazada es aquella que se ha visto forzada u obligada a huir o a abandonar su hogar o lugar de residencia habitual, ya sea a través de una frontera internacional o dentro de un Estado, como consecuencia o para evitar los efectos de conflictos armados, situaciones de violencia generalizada, violaciones de derechos humanos o catástrofes naturales o provocadas por el ser humano. Si la persona no llega a cruzar una frontera estatal reconocida internacionalmente, se denomina persona desplazada internamente. Es frecuente ver cómo se le añade la coletilla “forzados” a todos estos desplazamientos. 

¿Qué es un solicitante de asilo?

Un solicitante de asilo es una persona que busca protección internacional. En países con procedimientos individualizados, un solicitante de asilo es una persona cuya solicitud aún no ha sido objeto de una decisión firme por el país donde ha sido presentada. No todos los solicitantes de asilo son reconocidos como refugiados, pero todos los refugiados en estos países son inicialmente solicitantes de asilo. 

¿Qué es una persona refugiada?

Un refugiado es una persona que no puede o no quiere regresar a su país de origen debido a fundados temores a ser perseguido por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas. Las guerras y la violencia asociadas a esa persecución son las principales causas de que los refugiados huyan de su país. La determinación de la condición de refugiado requiere un proceso legal o administrativo por el cual los gobiernos o El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) decretan si una persona que busca protección internacional es considerada refugiada en virtud de la legislación internacional, nacional o regional. 

¿Qué es una persona apátrida?

Un apátrida es una persona que no es considerada como nacional suyo por ningún Estado conforme a su legislación. Es decir, que no tiene la nacionalidad de ningún país. Son posibles causas de apatridia: la discriminación por raza, religión, étnia, etc, lagunas o conflictos entre las distintas leyes de nacionalidad, la modificación de fronteras, la aparición de nuevos estados y la pérdida o renuncia a la nacionalidad. 

La fisioterapia en personas desplazadas hecha historia

Cuando cerró la puerta, suspiró aliviada. Después de viajar miles de kilómetros, sintió que podían ayudarla por primera vez. Durante su periplo había sido muy comprensiva con todo el mundo. Entendía la dificultad de que alguien se pusiera en sus zapatos. ¿Quién demonios podía pensar en verse en una situación así? Si no lo vives, la mente no alcanza a imaginarlo. Por eso no tenía muchas esperanzas, ni reproches para nadie. Se dejaba llevar. Hasta hoy. 

Rasha y Arwa

Mi nombre es Rasha y soy solicitante de asilo en España. Mi abuelo, mi hija y yo hemos llegado hasta aquí procedentes de Kara Tepe, en la isla de Lesbos. Antes estuvimos en Moria. Somos sirios. Huímos de la guerra. Encontrarme con Sandra ha sido una bendición. El simple hecho de que conozca la diferencia entre refugiado y solicitante de asilo es un consuelo. 

Mi hija Arwa acaba de cumplir 6 años. Con 18 meses le intervinieron por una displasia de cadera derecha. Tras la operación y la inmovilización, cuando llevaba 8 sesiones de fisioterapia, un bombardeo destruyó la clínica donde acudíamos. Dos semanas después tuvimos que huir de la ciudad. Lo que aprendimos con el fisioterapeuta y lo que algunos médicos nos enseñaron en Moria es lo que hemos intentado hacer para ayudar a mi hija. Sin embargo, Arwa sigue cojeando y no puede jugar, saltar o bailar como el resto de los niños. Eso está dificultando su integración en la escuela y nos hace sufrir mucho por ella. Después de lo que ha tenido que vivir, esta es la gota que colma el vaso. 

Por fortuna hoy estoy contenta. Hemos conocido a Sandra, una fisioterapeuta que atiende a niños desde hace muchos años y que durante un tiempo estuvo trabajando en el campo de refugiados de Cox’s Bazar, en Bangladés. No sé si se parecerá a los lugares donde hemos tenido que malvivir, pero sabe de lo que habla. Ha puesto en palabras el padecimiento global de Arwa, más allá de la displasia. De vuelta a casa, he tenido tiempo para reflexionar sobre lo que me ha explicado. 

Durante estos desplazamientos forzados, los niños sufren en muchos sentidos. Por ejemplo, es menos probable que se les detecte una deficiencia de manera precoz o que se la traten a tiempo. Pueden sufrir malnutrición o no recibir las vacunas necesarias. Incluso presentar retrasos en el desarrollo debido a la falta de estimulación, a vivir en espacios confinados, a la imposibilidad de jugar, etc.

Además, tanto niños como adultos, podemos ser víctimas o presenciar bombardeos, torturas, violencia sexual, violencia física o arrestos. Podemos ser objeto de explotación sexual, laboral o de trata, y ser testigos de cadáveres de amigos o familiares. Esa es la realidad. Y las dificultades no acaban ahí. 

Al llegar al país de acogida, los niños tienen que adaptarse a una nueva cultura, redefinir su identidad y su lugar en la nueva sociedad. Es posible que hayan perdido referentes, modelos a seguir o que deban adoptar roles y responsabilidades impropios para su edad. Es habitual tener que cuidar de hermanos menores o tener que valerse por sí mismos desde muy pequeños. De igual forma, en la escuela pueden recibir acoso por parte de compañeros o sentir la indiferencia de profesores. 

Todas estas experiencias son muy duras y tienen consecuencias a nivel físico, psicológico y comportamental. Puede aparecer fatiga, tensión muscular, falta de vitalidad, pesadillas, llanto fácil, tristeza, irritabilidad o agresividad. Hay que estar atento a su capacidad para comunicarse, relacionarse y regular sus emociones y actos. Algunos niños pueden tener problemas de disociación, memoria o autoconcepto y dificultades a nivel cognitivo en cuanto a concentración, aprendizaje, planificación, etc. Gracias a Sandra voy a entender mejor la situación de mi hija y voy a ayudarla con mayores garantías.

Abdel

Al llegar a casa todo estaba en silencio. Arwa se ha ido directamente a jugar a su habitación. En la cocina olía a té, pero no había nadie. Mientras le buscaba, mi abuelo ha salido del baño. Acababa de llorar, aunque como siempre no me he atrevido a preguntarle.

Hola yadd, ¿quieres que salgamos a caminar un rato?

De ninguna manera, tú ya tienes bastante. Además he estado en el parque a primera hora.

Vale, ¿sabes que hoy estoy muy contenta?

Cuéntame lo que ha ocurrido. ¿Os ha ido bien con la fisioterapeuta?

La verdad es que sí -dijo mientras pasaban al salón. 

Entonces espera que sirva un poco de té para celebrarlo.

Mi abuelo se acercó a la cocina. No dejaba que le ayudara. Era ágil, pese a que tenía una limitación de la movilidad en el hombro derecho. Cuando empezó la guerra, teníamos que correr a escondernos si sonaban las sirenas. Una de las veces se cayó por las escaleras que bajaban al refugio y se fisuró el húmero. A los pocos días tuvimos que huir del país por lo que no pudo llevar a cabo una rehabilitación adecuada. 

Me decías que te ha ido bien con Arwa.

Pues sí, he sentido algo de esperanza, yadd. Sandra es una fisioterapeuta que ha estado en un campo de refugiados y tiene conocimiento de lo que una persona desplazada tiene que vivir. Creo que puede ayudarnos con garantías y continuidad, no como hasta ahora. 

Es una gran noticia. Y no andamos sobrados. Tus padres y tu esposo estarían muy felices. 

Sí, yo también lo he pensado. 

Cuando tu abuela Adila se rompió el antebrazo fuimos a un fisioterapeuta. Insistió mucho en que acudiéramos al médico de nuevo para preguntar si tenía osteoporosis. Nos confirmaron su sospecha y le mandaron un medicamento. El fisioterapeuta le trató la fractura y desde el primer día nos remarcó que para la osteoporosis era necesario, además de caminar, realizar ejercicios de equilibrio, de fuerza y con saltos.

¿Con saltos?

Eso es, a nosotros también nos sorprendió. Me acuerdo que la abuela le preguntó si servía bailar dabke. El fisio le dijo que era una opción. Que debía elegir una actividad con la que pudiera comprometerse y que fuera a realizar a lo largo del tiempo. Así que durante muchos años bailamos con un grupo un par de veces a la semana. 

Qué divertido, no tenía ni idea de que bailarais.

También recuerdo que el fisio le enseñó algunos ejercicios para fortalecer las piernas y los brazos. Eso le costaba más. No era habitual que las mujeres hicieran ejercicio. Como yo siempre lo había hecho, me comprometí con ella. El fisio dijo que hacerlo juntos sería positivo para mejorar la adherencia. Bueno, que me lío y hablo más que un perdido cuando lo encuentran. Cuéntame tú. 

Hemos estado unos minutos más charlando y después me he ido a bañar a Arwa. Mi abuelo Abdel es una persona muy reservada y tengo que aprovechar los momentos en que se muestra más comunicativo. En el futuro, quizás le proponga que vaya a la consulta de Sandra para que le revise el hombro. Yo misma le he dicho que tengo mucho dolor en la ingle, pero prefiero que se centre en la niña ahora mismo. 

En el camino

Ciertamente, lo que me ha contado mi nieta me ha conmovido. Si alguien logra ayudarla será una bendición. Perder a sus padres en aquel bombardeo fue horrible y no saber si su marido está vivo aún…No sé de dónde saca las fuerzas. Lloro mucho por ellas. Y por mi esposa. 

Cuando tuvimos que huir definitivamente de nuestra ciudad, lo hicimos juntos los cinco: mi nieta y su marido, mi bisnieta, mi esposa y yo. Nos montaron en unos camiones con mucha más gente; algunos eran vecinos y otros venían del centro. Era de noche. Íbamos por una carretera y veíamos el resplandor de las explosiones a lo lejos. Arwa dormía en mi regazo. Después de un par de horas de viaje, la comitiva se detuvo a pocos metros de un puente. No sabíamos qué pasaba, no veíamos nada, solo se escuchaban los motores. 

De repente, se oyeron gritos en el camión que llevábamos delante. Hombres voceando parecían bajar a personas a la fuerza. El bullicio crecía y crecía. Empezó a pasar lo mismo en el resto del convoy. Sin darnos cuenta, cuatro personas se subieron de golpe. Iban armados y apuntaban con linternas a las caras. Sacaron a dos hombres antes de agarrar al marido de mi nieta e intentar sacarle a empujones. Ella le sujetó de las piernas mientras suplicaba. Yo escondía a Arwa bajo una manta. No sabíamos quiénes eran, no les veíamos. Otros tres hombres subieron al camión y lograron bajar al muchacho. Uno de ellos nos apuntó con su arma y nos dijo que todo iría bien. Que teníamos que estar en silencio para cruzar el puente. Se marcharon y los camiones fueron poco a poco atravesándolo. Esa fue la última vez que mi nieta vio a su marido. 

A la mañana siguiente nos dejaron a las afueras de una ciudad. Era la frontera. Mi bisnieta lloraba y preguntaba por su padre. Mi nieta estaba desconectada del mundo, con la mirada perdida. Trataba de calmar a su hija moviéndose como una autómata. Mi esposa caminaba con dificultad. Tenía mucho dolor en la espalda. Había cientos de personas deambulando, algunos se protegían del sol bajo los árboles o compraban en tenderetes improvisados. No hacía falta preguntar de dónde venían. Todos huíamos. 

Lo que vino después fue un periodo de caos e incertidumbre. Allí no había sitio para tanta gente. Aguantamos unas semanas, pero la guerra se acercaba, lo escuchábamos en la radio. Decidimos partir. Fueron cientos de kilómetros andando, en autobuses y en coches que nos recogían. Algunas personas nos daban de comer, había robos, zonas de ayuda humanitaria, confusión, mucha confusión, a menudo dormíamos en la calle y la violencia nos rodeaba. Casi siempre nos desplazábamos junto a grupos de personas. Acordábamos un destino y buscábamos la manera de llegar a él. Seguíamos rutas que compartía la gente por redes sociales. Tras unas semanas terribles llegamos a Ayvalik, en la costa oeste de Turquía. Varias personas murieron en el camino. Una era estudiante de marketing, otro era conductor de autobús y el tercero un apasionado del rafting y la cocina. 

Un día, después de mucho reflexionar y discutir, doce personas nos decidimos a confiar nuestro dinero a unos tipos que decían poder llevarnos a la isla de Lesbos. Llegado el momento, subimos a una balsa con otras ochenta personas. Apenas cabíamos con los chalecos que nos habían proporcionado. Yo no sabía nadar. Me aliviaba pensar que ellas sí, incluso Arwa. Aunque de poco les habría servido. Dos personas cayeron al agua en mitad de la nada y fue imposible rescatarlas. No llegué a conocerlas. Tardamos más de tres horas en llegar. 

Moria 

Nos costó comprender cómo funcionaba el campo de refugiados de Moria, supongo que como a todo el mundo. La información no fluía por lo que era difícil resolver trámites o problemas. Mi esposa tenía dificultades para desplazarse y no sé qué habríamos hecho sin nuestra nieta. Conocimos a muchas personas mayores aisladas debido a que no podían moverse o tenían alguna discapacidad. No se piensa en ellas a la hora de diseñar un lugar así. Con el tiempo, nos dimos cuenta de que los mayores no tenemos representación en los foros donde se toman las decisiones. De esa manera es difícil abordar nuestros problemas. Habría que empezar por recopilar datos como la edad, el sexo y el grado de discapacidad de las personas que viven en un campo de refugiados. Se darían cuenta de muchas cosas. 

Adila, mi esposa, había empezado con un fuerte dolor en la zona dorsal durante nuestro periplo hasta Moria. Mi nieta nos dijo que había una especie de clínica al oeste del campo. En ella le habían enseñado algunos ejercicios que podía hacer con Arwa, en relación a la displasia de cadera. No queríamos que Rasha tuviera que preocuparse más por nosotros así que una mañana que ella había ido a recoger agua, nos pusimos en marcha hacia la clínica. 

Era muy temprano y apenas había luz, no había farolas. Las calles estaban impracticables por el agua y el barro. Adila caminaba despacio, apoyada en un bastón. Cuando el camino picaba hacia arriba, yo le ayudaba a descargar su peso. De un tiempo a esta parte se estaba encorvando. Después de veinte minutos llegamos a la zona de los baños. Vimos una pelea. Solía haberlas por las noches. Afortunadamente no repararon en nosotros. La inseguridad era palpable. Las mujeres no podían ir solas a las letrinas. Además no había privacidad ni distinción entre sexos. Y si tenías problemas de movilidad, como en el caso de mi esposa, no había ninguna adaptación. Las consecuencias de todo esto para la higiene y la salud son evidentes. 

Seguimos avanzando mientras nos cruzábamos con gente que volvía con agua y algo de comida. Ambas cosas escaseaban, y cuando lograbas hacerte con ello, había pocas maneras de cocinar los alimentos decentemente. El hambre hacía estragos. Preguntamos a una joven y nos orientó hacia la clínica. Estaba en un alto para evitar en lo posible las inundaciones. El terreno estaba en mejores condiciones por aquella zona, el suelo estaba pavimentado. Varios chavales jugaban al fútbol en una especie de plaza. Subimos hasta la entrada y esperamos nuestro turno. 

Es probable que haya tenido una fractura por fragilidad en la columna dorsal -dijo la médica. El dolor que describe, la fractura del antebrazo previa y su diagnóstico de osteoporosis me hace decantarme por ello. Le haremos una radiografía para confirmarlo.

Antes me ponían una inyección para la osteoporosis, pero no he vuelto a recibirla desde que huímos de casa.  

Voy a mandarle otro medicamento y le ayudaremos a conseguirlo.

De acuerdo.

Vamos a tratar el dolor. 

Muchas gracias. 

Y voy a explicarle un par de opciones. En la clínica hay varios grupos de ejercicio dirigidos por un fisioterapeuta. Él se encargaría de individualizar el tratamiento. 

No sé si voy a poder venir hasta aquí con regularidad. Me ha costado mucho hoy. 

Me hago cargo. La otra opción es incluirle en un grupo dirigido por un auxiliar de rehabilitación. 

Auxiliares de rehabilitación
Los auxiliares de rehabilitación prestan apoyo a los profesionales de la rehabilitación en muchas tareas clínicas y no clínicas. Suelen ser personas desplazadas que también viven en los campamentos. Hay distintas formas de denominarlos y sus cometidos difieren en función del país u organización. 
Reciben formación por parte de la ONG para la que trabajan así como supervisión. Esto es crucial para que no intervengan más allá de su nivel de formación y de su ámbito específico. 
Sus funciones pueden ser muy variadas: trabajar con los pacientes para alcanzar los objetivos acordados, supervisar sus progresos, apoyarles en las AVD, promover sus derechos, proporcionarles programas de ejercicio a domicilio, concienciar a la comunidad sobre la rehabilitación, favorecer el acceso a ella, mantener los equipos terapéuticos en buen estado, etc.

Nos pareció buena idea. Desde hacía meses, un grupo de mujeres se reunía en un descampado cerca de nuestra tienda para hacer ejercicio. Un hombre dirigía la dinámica. Supusimos que era una persona con ganas de ayudar a los demás y nunca preguntamos. En ese momento nos dimos cuenta. Era un auxiliar de rehabilitación. Después supimos que había estudiado magisterio y siempre le había gustado la actividad física. En Moria, se había formado con fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales y echaba una mano a los profesionales de la rehabilitación dentro de una red de auxiliares.  

Por desgracia, mi esposa solo pudo participar en unas pocas sesiones. Las autoridades griegas confirmaron el primer caso de covid19 en febrero de 2020. Las actividades grupales se eliminaron poco después. Adila se encontraba mejor del dolor y había establecido vínculo con algunas compañeras. Todo aquello se esfumó. Y los acontecimientos se precipitaron. Falleció por una septicemia a las pocas semanas de declararse la pandemia. No pudieron ayudarla como hubieran querido debido a la falta de recursos materiales y humanos en aquella época tan convulsa. 

Kara Tepe

Lo único que escuchaba decir a mi madre es que aquello no era vida. Yo no sabía por qué lo decía. Ahora estábamos en otra casa. Vivíamos con mucha gente. Cerca de mí dormía otra niña con la cara muy graciosa. Era como rosa y marrón. Su mamá decía que se había quemado en el incendio, cuando tuvimos que salir corriendo de Moria. Ya hacía mucho tiempo de eso. Echaba de menos jugar con los médicos de allí. En este nuevo sitio no me ponían circuitos tan divertidos. No había escaleras, ni pelotas gigantes. Apenas salía de nuestra tienda. Me daba miedo perderme. 

Arwa, vamos a jugar a los saltos.

Los saltos me aburren, bisa.

¿A las carreras? ¿Al pilla pilla?

¡Al pilla pilla con la caja! 

Me gustaba correr empujando una caja grande. Así me apoyaba y podía ir más rápido. También me gustaba trepar. Me subía por unos montones de madera. Al bisa le hacía gracia que me pusiera a saltar a la pata coja. Lo hacíamos los dos juntos. Con la derecha se me daba peor. 

Con mamá hacía otros juegos menos divertidos. Tenía que estar tumbada y me pedía mover las piernas para un lado y para otro. Si lo hacía bien me hacía pedorretas en la barriga. Un día le pregunté si estaba triste. Me dijo que no.

Además, tienes que ponerte muy fuerte para poder jugar con tus primos cuando vayamos a España.

¿Otra vez tenemos que irnos?

Sí, pero esta vez será para quedarnos por mucho tiempo. ¿Te acuerdas de ellos?

No.

¡Cómo te vas a acordar, si eras una bebé!

Seguía pareciéndome triste y pensé que era por mi culpa. Me puse a llorar y mamá me abrazó. Me miró a los ojos y me explicó que nada de esto duraría para siempre y que pronto tendría una habitación para mí sola. Ella siempre me lo explicaba todo. Decía que papá estaba en un sitio intentando que los tanques y los aviones se detuvieran y dejaran de hacer ruido y sustos. Muchas noches soñaba con él y con aquellos hombres malos. Pasado un tiempo, mamá me pidió que repartiera todos mis juguetes entre mis amigos y me quedara con uno. Al día siguiente nos íbamos a un lugar llamado Cantabria, en España. 

Sandra y Rosa

Cuando cerró la puerta, suspiré aliviada. Había aprendido mucho en los diez meses que estuve en el campo de refugiados para los rohinyá en Cox’s Bazar, al sureste de Bangladés. Sin embargo, era la primera vez que atendía a personas desplazadas en mi consulta. No he estado especialmente acertada al principio. No me esperaba este caso y estaba nerviosa. Menos mal que Arwa comprende más o menos el español y es capaz de hablarlo a nivel básico. Llevan unos meses aquí y tienen familiares que les están enseñando el idioma. De lo contrario habría sido complicado. Habría necesitado un intérprete y no sabría ni dónde empezar a buscarlo. 

En Cox’s Bazar, comprendí la importancia de tener intérprete para trabajar con personas desplazadas. Les aportan un sentimiento de aceptación social y les brindan la oportunidad de hablar de sus experiencias. En mi caso, el intérprete tenía doble trabajo. Mi inglés no era muy fluido cuando llegué y el intérprete tenía que entenderme a mí primero. Me obligué a hablar en inglés con todos los voluntarios y trabajadores para mejorar. Así es como conocí a Rosa. Era fisioterapeuta y tenía mucha experiencia trabajando en diversos campos de refugiados. Se entregaba en cuerpo y alma a aquellas personas. Me enseñó a adoptar una visión global. Siempre destacaba la importancia de tres asuntos: la comunicación, la alianza terapéutica y el cuidado informado en trauma

Después de trabajar intenté llamarla por FaceTime. No respondió. Le hablé por WhatsApp. Solo quería saber cómo estaba y que me refrescara la memoria para atender a Rasha y Arwa lo mejor posible. Aunque era tarde en Bangladés, me contestó a los pocos minutos. No tenía buena conexión. Un ciclón había azotado la costa y la situación era caótica. Me dijo que al día siguiente intentaría sacar 5 minutos para escribirme un e-mail y ayudarme. Le dije que no se molestara y que esperaba que estuviera bien. Me dejó en visto. Cuando quise despedirme, me di cuenta de que ya no le entraban los mensajes. En realidad había perdido la conexión. 

A los 4 días recibí un e-mail. Rosa se disculpaba por la tardanza. Un corrimiento de tierra había arruinado las comunicaciones. Empezó diciéndome que lo ideal era contar con un intérprete y no emplear a familiares para comunicarse, pero entendía la situación. Me pidió que usara frases cortas, concisas y sin términos técnicos para facilitar la interpretación. Y que le diera descansos a la madre. Después, como no podía ser de otra manera, me habló de los tres asuntos más importantes para ella a la hora de trabajar con personas desplazadas.  

Comunicación

“Mostrar respeto no es simplemente ser educada o tolerar las diferencias. Hay que comprender realmente lo que implica el respeto para cada persona. No tengas miedo de preguntarle sobre ello. Dile que para ti es importante respetarle, que si hay cosas que debas evitar o que pudiera considerar irrespetuosas. 

Intenta que las personas se sientan cómodas desde el inicio. Genera un clima de confianza y seguridad que favorezca la comunicación. El entorno físico es importante. Crea un espacio acogedor, con privacidad, e incluso sin barreras entre profesional y paciente. Prueba a retirar la mesa o el ordenador para demostrar que estáis al mismo nivel. 

Tu forma de orientar la conversación puede marcar la diferencia:

  • Saludarle en su propio idioma puede ser un buen comienzo. 
  • Explícale cuál es tu rol; sé específica y realista cuando le hables de la ayuda que puedes ofrecerle. 
  • Céntrate en establecer una buena relación con el paso de las sesiones. 
  • Obtén siempre su consentimiento.
  • Deja clara la confidencialidad que envuelve el proceso. 
  • Ten en cuenta consideraciones culturales y tus propios sesgos.

Por otra parte, los temas delicados, especialmente los relacionados con la opresión previa o la condición de minoría, debes tratarlos con extrema precaución”.

¡Cuánta razón tenía! Las personas que han vivido acontecimientos traumáticos pueden ser incapaces de hablar sobre ellos y ciertas conversaciones pueden remover heridas y miedos. Es imposible prever qué podría volver a traumatizar a un paciente. Por eso hay que minimizar el riesgo, evitando entornos o comportamientos que puedan recordarle experiencias de interrogatorio o tortura. 

Alianza terapéutica

“Cuando trates con personas desplazadas, busca establecer una alianza terapéutica, un vínculo colaborativo y afectivo entre la paciente y tú, basado en la confianza. Acordad juntas los objetivos. Seguro que ya lo haces de esa manera”.

Qué difícil resultaba eso en el día a día. Atendemos a muchos pacientes, a veces varios al mismo tiempo, tienes que conocer sus antecedentes, sus creencias, hablar con sus familiares, redactar informes, hacer valoraciones, ir a reuniones, relacionarte con tus compañeros, con tus jefes, con tus empleados…

Pero siempre viene bien recordar que tener unos objetivos comunes y acordados incrementa la adherencia. Eso impacta positivamente en los resultados, la satisfacción del paciente y la motivación. Es recomendable establecer objetivos a corto y a largo plazo y dejarlos por escrito. A la hora de definirlos, es aconsejable que sean MARTE: Medibles, Alcanzables, Realistas/Relevantes, acotados en el Tiempo y Específicos. 

“No le impongas tu tratamiento, toma las decisiones de manera compartida. Dale la información y el apoyo necesario para ello. Explícale las opciones disponibles, descubre su conocimiento previo, sus expectativas. Profundiza en las opciones y guíala para que elija en función de sus preferencias. Puede que necesite más tiempo o que desee que tú la orientes. Sea cual sea su decisión, que sepa que podéis ir revisándola más adelante”. 

Vaya reto se me planteaba. Imagina hacer este proceso con una niña y una madre que acaban de llegar a España, huyendo de la guerra en un truculento viaje. No conozco su idioma, sus costumbres ni sus valores. Necesitaba este e-mail de Rosa. Me está ayudando a recordar mi estancia en Bangladés y reactivando algunos esquemas mentales, ideas y sensaciones. Cuestiones que tenía integradas en mi práctica clínica allí y que ahora tengo que retomar. 

Cuidado informado en trauma

En la última parte del correo, Rosa hablaba de cómo tener en cuenta el sufrimiento de estas personas a la hora de ofrecerles atención.

“Enmarca vuestra relación dentro del Cuidado informado en trauma o Cuidado consciente del trauma. Este modelo reconoce tanto el impacto del trauma, como que cada persona responde de una manera distinta y que puede afectar a su vida mucho más allá del momento en que se originó. Además, el modelo tiene en cuenta cómo la persona puede reaccionar ante la atención que recibe”.

Un trauma resulta de un evento o conjunto de circunstancias que es experimentado por una persona como física o emocionalmente dañino o que pone en peligro su vida y que tiene efectos adversos duraderos en su funcionamiento y su bienestar mental, físico, social, emocional o espiritual. 

“Sé que en tu clínica hay pocas personas trabajando y no soléis atender a personas desplazadas. Pero me gustaría que tengas en cuenta los seis pilares del cuidado informado en trauma, por si podéis mejorar en algún aspecto:

  • Seguridad: Pacientes y profesionales han de sentirse seguros física y psicológicamente. El entorno físico y las interacciones interpersonales deben promover seguridad. Hablo de seguridad en función de cómo la definan las personas atendidas. 
  • Confiabilidad y transparencia: El establecimiento de objetivos y la toma de decisiones deben ser transparentes para ayudar al paciente a confiar en vosotros. 
  • Apoyo de iguales: Reunir a pacientes y profesionales con experiencias similares puede ayudar a integrar a las personas en el servicio o la terapia. 
  • Colaboración: Todos en vuestra organización tenéis un papel que desempeñar. Procura nivelar las diferencias de poder entre pacientes y profesionales y entre los distintos tipos de profesionales. La curación se produce en las relaciones y en este reparto significativo del poder. Alguien dijo alguna vez que no es necesario ser terapeuta para ser terapéutico. 
  • Empoderamiento, voz y elección: Aprovechad las fortalezas y experiencias del personal y de los pacientes. Coloca a tus pacientes en el centro del proceso, confía en su resiliencia y en la capacidad de los individuos, las comunidades y tu organización para sanar y superar el trauma. Da voz a tus pacientes, permite que elijan. Piensa en ti y tus compañeros como facilitadores de la recuperación, no como controladores de la misma. 
  • Cuestiones culturales, históricas y de género: Dejad atrás los estereotipos y los sesgos basados en raza, etnia, religión, género, etc. Ofreced acceso a servicios con perspectiva de género. Explotad el valor curativo de los vínculos culturales tradicionales”. 

Calidad de vida profesional

Espero no haber sonado muy pedante en el correo que le he mandado a Sandra. Me hubiera gustado charlar con ella, intercambiar impresiones y que sintiera mi calor y el aprecio que le tengo. Es una fisioterapeuta estupenda y seguro que ya aplica casi todo lo que le he propuesto. En mi experiencia, pequeños cambios pueden suponer grandes beneficios. Ojalá sea así para ellas. 

Hace 14 años empecé a trabajar en campos de refugiados. Al principio iba un par de meses y volvía a España. Pronto descubrí que aunque era duro, me apasionaba. Cada vez me iba por más tiempo. Estuve en Kenia, Jordania y Líbano. Pasé casi dos años entre Colombia y Brasil. En Cox’s Bazar llevo más de dos años. Es un periodo muy largo y sé que tengo que parar. 

Estar en contacto constante con el dolor y el sufrimiento de las personas desplazadas puede provocar reacciones negativas. Muchas de sus historias incluyen torturas, violencia o pérdida de seres queridos. No es fácil lidiar con eso. Y peor aún si añades un entorno de trabajo a veces caótico, cambiante, con espacios inadecuados, compañeros estresados, dificultades para comunicarte, la ausencia de tus seres queridos y el miedo a no saber ayudar o cómo cubrir las necesidades de los pacientes. 

Todos estos factores pueden hacer que la respuesta de estrés se active repetidamente o persista en el tiempo. Eso puede provocar un desgaste del organismo y colocarnos en un estado permanente de «lucha o huida», abrumados o incapaces de afrontar el día a día. Lo he visto en muchos colegas y yo misma he estado al borde de ello. Por eso es importante hablar de la calidad de vida profesional. 

La calidad de vida profesional es aquella que sientes en relación con tu trabajo como ayudante de los demás. Se trata de un continuo que incorpora dos aspectos:

  • En el aspecto positivo tenemos la satisfacción por compasión. Hace referencia a la gratificación personal que surge de asistir a quienes enfrentan situaciones estresantes. Se obtiene al trabajar productivamente con colegas que poseen ideas afines y al sentirse competente y hábil en lo profesional por el hecho de ayudar al prójimo. La satisfacción por compasión contribuye al bienestar psicológico y amortigua los efectos negativos que pueden surgir al auxiliar a terceros. 
  • En el aspecto negativo está la fatiga por compasión. Se considera que toda persona que asiste a personas vulnerables o que han experimentado trauma, sufre invariablemente un proceso de agotamiento físico, emocional y mental. Es como una esponja saturada que ya no puede absorber más líquido. Esto se traduce en la incapacidad para empatizar con los pacientes cuando comparten sus experiencias. También se ve en la falta de voluntad para soportar el dolor de sus historias y proporcionarles apoyo. La fatiga por compasión incluye el burnout y el estrés traumático secundario como entidades independientes y convergentes. 

Burnout o síndrome de desgaste profesional

Es el resultado del estrés crónico en el lugar de trabajo que no se ha manejado con éxito. Puede deberse a una gran carga de trabajo, apoyo o recursos inadecuados, conflictos organizativos o interpersonales, la desigualdad, la falta de satisfacción o de reconocimiento en el trabajo, etc. Se caracteriza por tres dimensiones: 

  • Sentimientos de falta de energía o agotamiento.
  • Aumento de la distancia mental con respecto al trabajo, o sentimientos negativos o cínicos con respecto al trabajo. 
  • Sensación de ineficacia y falta de realización. 

Estrés traumático secundario

Hace referencia a síntomas de trauma que los trabajadores sanitarios pueden tener por haber estado expuestos al relato de sucesos traumáticos de supervivientes. Puede traducirse en miedo, dificultades para dormir, fatiga, hipervigilancia, evitación, pensamientos intrusivos y otros síntomas relacionados con el síndrome de estrés postraumático. Puede ocurrir con una sola exposición o por un efecto acumulativo.

Cuidarse para cuidar

Para amortiguar estos efectos negativos, debemos cultivar el autocuidado. Es una de las primeras cosas que aprendí. El autocuidado es cualquier actividad que realizamos deliberadamente para cuidar de nuestra salud mental, emocional y física. No hablo de activar un plan de emergencia cuando el estrés te sobrepasa. El autocuidado es más efectivo cuando se aplica de manera proactiva, no reactiva. Sus principios fundamentales son:

  • Toma de conciencia: piensa en lo que ocurre en tu trabajo o en tu vida; cómo te hace sentir física, mental y emocionalmente; cómo reaccionas ante ello. Gracias a esta reflexión, puedes identificar fuentes de estrés y factores de riesgo, y así realizar los ajustes necesarios para un mejor afrontamiento. Sé sincero contigo mismo y no niegues ni pases por alto los signos de estrés. 
  • Equilibrio: encuentra un equilibrio entre tus necesidades personales y las exigencias del trabajo. Dedica tiempo a descansar, comer sano, entretenerte, divertirte, la familia, los amigos, meditar, hacer ejercicio, rezar, técnicas de relajación, etc. De este modo repondrás tu energía. Debes buscar el equilibrio también dentro del trabajo: haz pausas activas, mantén la distancia terapéutica, construye relaciones positivas, inicia nuevos proyectos…
  • Conexión: conecta contigo mismo y con quienes te gustan e importan. Observa si te aíslas. Es interesante conectar con otros grupos de tu comunidad con los que compartir buenos momentos y momentos de necesidad. Las amistades y permitirse pasar un buen rato, nos facilita ver el mundo real desde otra perspectiva, no solo desde la violencia y el trauma. 

Ahora que lo pienso, voy a mandarle también esta información a Sandra. No solo es válida en contextos tan extremos como los campos de refugiados. Cualquier profesional de la salud debería prestar atención a su calidad de vida profesional y al autocuidado. 

Marta

En el ordenador de la consulta de Sandra sonó una notificación del correo electrónico. Marta estaba indagando sobre los problemas de salud que pueden afrontar las personas desplazadas.

Profe, te ha llegado un correo. Para que lo tengas en cuenta.

Vale, gracias -dijo Sandra mientras colocaba unas cuñas y un balón medicinal. 

Esta página que me has recomendado es muy interesante. 

Sí, la descubrí haciendo el curso “Comprender las necesidades de rehabilitación de las personas desplazadas” de Physiopedia.

Hay un montón de información.

¿Sobre qué estás leyendo?

Pues dice que el desplazamiento forzado tiene un impacto masivo en la vida de estas personas, causando problemas como depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, problemas de sueño, infecciones, etc. 

Para que veas que Rasha y Arwa están afrontando un problema global, no solo la displasia de cadera de la niña. 

Estas personas tendrán dificultades para desarrollar un sentido de pertenencia.

Imagínate. Su confianza y su capacidad para adaptarse a nuevas situaciones estará bajo mínimos. 

Por no hablar de las desventajas económicas y sociales, los problemas para comunicarse y acceder al sistema de salud, el racismo o el miedo a ser deportados. 

Estás aprendiendo mucho. 

Era cierto. Hasta que no empecé a indagar gracias a Sandra, no era consciente de la cantidad de personas desplazadas que hay en el mundo. Según ACNUR, en 2009 había unos 40 millones. A finales de 2022, la cifra superó los 108 millones:

  • Desplazados internos: 62,5 millones por conflictos o violencia, con Colombia y Siria a la cabeza. A esta cifra hay que añadir los 8,7 millones de desplazados internos debidos a desastres (inundaciones, tormentas, sequías o terremotos). 
  • Refugiados: 35,3 millones. El 52% procedentes de Siria, Ucrania y Afganistán.
  • Solicitantes de asilo: 5,2 millones.
  • Otras personas con necesidad de protección internacional: 5,3 millones La mayoría corresponden a la antigua categoría “personas venezolanas desplazadas en el exterior”. 

En cuanto a los países que más refugiados acogían a finales de 2022 se encuentran: Turquía, Irán, Colombia, Alemania, Pakistán y Uganda. La mayoría son países de renta baja y media. ¿Trabajaré algún día en alguno de ellos?

Confianza depositada

Mientras recogía la sala para la cita siguiente, estuve charlando con Marta, mi alumna de prácticas. Estaba muy interesada en todo lo que rodeaba a las personas desplazadas desde que supo que atendería a dos, pese a no poder estar presente durante el tratamiento. Habíamos acordado que era mejor así. Necesitaba ganarme la confianza de Rasha y Arwa y mi experiencia me decía que debía hacerlo sola. Ese día confirmé que iba por buen camino.

A primera hora había tenido sesión con Arwa. Al finalizar, Rasha quiso hablarme sin la niña delante. Le pedí a un compañero que se quedara un rato jugando con ella. Fuimos a mi despacho, nos sentamos frente a frente y empezó a contarme. Me dio las gracias por todo lo que había hecho por ellas en las últimas semanas. Le temblaba la voz. Miró al suelo y continuó. No esperaba escuchar lo que me dijo a continuación. Había sido víctima de abusos sexuales durante su viaje. Desde entonces sentía dolor pélvico y tenía problemas de estreñimiento. Dejé que terminara y le pregunté si le parecía bien que me levantara a cerrar la puerta con llave para garantizar que nadie nos molestara. Ella accedió. 

Me dijo que no se lo había contado a nadie. Lloró desconsoladamente y me abrazó. Cuando se calmó, intenté explicarle que yo conocía a personas que podían ayudarle si lo deseaba. Rasha me dijo que no estaba preparada para hablar con nadie más sobre ello, aunque le gustaría saber a qué me refería. Validé sus deseos. Le expliqué que sería interesante visitar a una médica y una enfermera. Escucharían lo que quisiera contarles y posiblemente le pedirían llevar a cabo una exploración de la zona y algunas pruebas. Todo ello con el mayor respeto y comprensión. A partir de ahí, otras profesionales podían ayudarla también: una psicóloga o una fisioterapeuta especialista en suelo pélvico. Rasha se empezó a agobiar, le parecían demasiadas personas a las que no conocía. Le dije que yo también podría ayudarle si es lo que esperaba de mí. Charlamos unos minutos. Nos comprometimos a una cosa. Yo le presentaría a una médica de mi confianza y le acompañaría hasta la puerta de su consulta. No estaba obligada a contarle lo mismo que a mí, ni tenía que hacer nada que no quisiera. Nadie iba a juzgarla por ello. Aceptó y dos semanas después fuimos juntas. 

Fisiosmundi

Marta devoraba la información. Estaba en un momento expansivo, emocionante. No sabía a dónde le llevaría aquello, pero sentía un impulso. Quería saber más sobre los campos de refugiados y no paraba de tomar notas. Se hacía preguntas y desarrollaba las respuestas.

¿Qué es un campo de refugiados?

Los campos de refugiados son instalaciones temporales construidas para proporcionar asistencia y protección inmediatas a las personas que se han visto obligadas a huir de sus hogares debido a la violencia, los conflictos o la persecución. Se diseñan como una solución a corto plazo, sin embargo las situaciones de emergencia pueden prolongarse y hacer que las personas vivan en ellos durante años o incluso décadas. Son administrados por ACNUR y/o el gobierno del país de acogida.

¿Qué servicios ofrece un campo de refugiados?

Los servicios iniciales incluyen agua, alimento, refugios, mantas, colchonetas, mosquiteras, ropa, artículos de higiene personal, atención sanitaria, servicios de registro y asistencia jurídica. En situaciones de desplazamiento prolongado, estos servicios se amplían para incluir oportunidades educativas y de subsistencia, así como materiales para construir viviendas más permanentes que ayuden a las personas a reconstruir sus vidas y lograr la autosuficiencia. 

Un campo bien organizado debe ofrecer a las personas la posibilidad de crear vínculos con sus comunidades de acogida y tener acceso a la economía, las infraestructuras y los servicios locales. Aunque no siempre es de esta forma. A veces los campos se construyen en lugares remotos con climas hostiles y/o las personas ven limitada su libertad para moverse o trabajar.

¿Todos los refugiados viven en campos de refugiados?

No, solo lo hacen en torno al 20%. El resto vive en áreas urbanas. Ahora bien, también existen asentamientos espontáneos en los que grupos de personas desplazadas ocupan zonas sin contar con la asistencia ni la orientación del gobierno local o la comunidad humanitaria. 

En cuanto a los desplazados internos, se calcula que el 50% vive en campos para desplazados internos.  

¿Cómo es la salud de quienes viven en campos de refugiados?

Estas personas corren mayor riesgo de contraer enfermedades transmisibles por las condiciones de hacinamiento y la falta de educación sobre cómo evitarlas. La incidencia de diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares y cáncer suele ser bastante alta entre la población de los campos. También la depresión, el trastorno de estrés postraumático y los trastornos de ansiedad.

Muchas personas pueden haber sido víctimas de tortura y violencia sexual o sufrir discriminación y violencia por pertenecer al colectivo LGTBIQ+. Son comunes las lesiones relacionadas con la guerra: amputaciones, quemaduras, lesiones medulares y otras lesiones traumáticas. 

¿Qué funciones tienen los profesionales de la rehabilitación en los campos de refugiados?

Es fundamental ofrecer formación a colegas que viven o trabajan allí. Además, debido a la escasez de personal rehabilitador, también conviene formar a profesores, orientadores u otros trabajadores, acerca de temas como el ejercicio, reducción del dolor, higiene del sueño o primeros auxilios. 

Otra de sus funciones es desarrollar tratamientos de fisioterapia, con tendencia a las sesiones grupales. Los grupos permiten abarcar a más población y pueden ayudar a fomentar la confianza y establecer contactos, así como a animarse y apoyarse mutuamente. 

Por otro lado, es importante organizar oportunidades para realizar actividad física a personas de todas las edades y géneros, con la idea de mezclar nacionalidades y favorecer su integración. 

Foto de Ahmed Akacha de Pexels.

Marta miró su teléfono. Eran las 14:10h. Agarró la mochila y se fue a cambiar al vestuario. La cabeza le iba a mil por hora. Cuando llegue a casa voy a llamar a Fisiosmundi para ver cómo puedo colaborar hasta que me gradúe. 

Profe, me marcho.

Nos vemos el lunes Marta.

¡Buen finde! 

Sujetó la puerta a un hombre que iba a pasar y salió corriendo.

Epílogo

Cuando iba a entrar, una chica abrió la puerta como desesperada y se paró de golpe. Me dejó pasar y voló. Me senté en la sala de espera. Olía a limpio. Ya no era obligatorio el uso de mascarilla, aunque algunas personas la llevaban puesta. Nadie hablaba. Usaban sus teléfonos móviles, absortos. La puerta tenía una de esas campanillas que avisaba cada vez que alguien la atravesaba. Miré por la ventana y vi a una mujer. Su abrigo estaba sucio y buscaba entre la basura. Me pregunté cuál sería su historia, si alguien la estaría ayudando. Un hombre se sentó a mi lado. Llevaba unos cascos puestos pero podía oír la música. Era una canción de rock con un riff de piano. Antigua. Potente. Me sonaba. Cogí una revista. “Céntrate en los buenos tiempos”, decía la portada. Me hizo reflexionar. 

Pienso mucho en mi país. Intento ser práctico, no puedo volver allí. La situación es muy inestable. Entiendo a la gente que quiere hacerlo. Hay lazos muy fuertes. Hemos dejado atrás amigos, familiares, el lugar que nos vio nacer, trabajos, y todo lo que construimos juntos como comunidad. Pese a ello, tengo que quedarme. Me siento bien acogido. He aprendido que hay otras formas de estar en el mundo. Y que no somos tan diferentes en lo básico. 

A algunas personas les cuesta entendernos. No se fían o nos ven como una amenaza. Hasta cierto punto lo comprendo. La gente nos conoce a través de los medios de comunicación y en muchas ocasiones la forma en que nos retratan no ayuda. Se habla de nosotros como un colectivo homogéneo. Se muestran imágenes de grupos numerosos de personas, generalmente hombres, desde lejos, llegando en balsa hacinados o interactuando con policías o militares. Rara vez se nos da voz para contar por qué hemos acabado aquí cada uno. Se centran en hablar de cuántos llegamos, de las leyes migratorias, de las declaraciones de los políticos o de las repercusiones para el país de acogida. No se nos pregunta por nuestra profesión o por la gente que hemos perdido en el camino. Habrá personas buenas y otras no tanto, como en España, pero eso no depende de la procedencia geográfica o del color de la piel. Muchas no han tenido las mejores condiciones ni oportunidades. Solo pido a quien dude, que nos conozca antes de juzgarnos. Ojalá hubiéramos tenido elección. Ojalá venir por turismo, por trabajo o por amor. 

El hombre de los cascos se levantó hacia el baño. La canción no paraba de sonar. Una niña jugaba con un cochecito en el suelo, daba marcha alante y marcha atrás. Una de las consultas se abrió y apareció una mujer con pijama y zuecos que dijo en alto: ¿Abdel? 

En ese momento, la puerta de la clínica se cerró haciendo repicar la campanilla.

Referencias

Este es un relato ficticio, con personajes e historias inventadas. Para más información visita https://world.physio/es/what-we-do/advocacy/humanitarian-support

Foto del autor

Alejandro Buldón Olalla

Fisioterapeuta Experto en Actividad física y deporte, con una larga experiencia en el ámbito de la geriatría. Máster en Redes sociales y Aprendizaje digital. Intenta acercar la fisioterapia a las personas en Fisioconectados.com